La necesidad de cercar los límites de las propiedades tiene varios siglos, y es básicamente una de las prácticas más comunes en las poblaciones agrícolas. Originalmente las barreras naturales que formaban montes, ríos y arroyos fueron lo que dictaban los limítrofes de las propiedades. El modo más primitivo de hacer los límites de una propiedad fue construyendo zanjas. El “zanjeador” era un oficio reconocido a mediados del siglo XVIII, y más tarde sería sustituido por el “alambrador”.


La necesidad de hacer cada vez más resistentes y sólidos los limítrofes de las propiedades, para evitar la invasión de depredadores, originó el uso de cercos vivos con plantas espinosas y enmarañadas. En Texas, se difundió el uso de un pequeño árbol llamado Osage Orange, el cual cuenta con ramas rectas, y llenas de espinas afiladas. Algunos comerciantes comenzaron a vender las semillas de este árbol a los primeros agricultores, y así se empezaron a plantar setos espinosos para hacer barreras naturales y macizas. Se dice que a mediados del siglo XIX en Texas se vendieron 10, 000 kilos de semillas, lo cual es suficiente para hacer 100, 000 km de cerco. El problema fue que a este árbol le toma tres años para crecer, y los agricultores necesitaban algo más rápido y eficiente.


La invención del alambre de púa en 1874 aproximadamente, marcó una gran diferencia en la práctica de cercar los campos con eficiencia y seguridad. Previamente en 1867 dos inventores habían agregado algunos puntos al alambre liso, pero no fueron prácticos ni viables en costos. Más tarde, en 1868,  Michael Kelly de DeKalb, Illinois, inventó el primer alambre de púas económicamente viable, y ese mismo año lo patentó.


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